SIN COMENTARIOS…


Corre por el mundo la idea de que existen siete leyes o principios universales que rigen este universo material. A saber: la ley del mentalismo (uno puede crear lo que cree), la ley de la correspondencia (como es arriba es abajo y viceversa), la ley de la vibración (todo vibra, todo está en movimiento), la ley de la polaridad (a toda fuerza se le opone otra contraria de igual intensidad), la ley del ritmo (todo está sujeto a fluctuaciones… va y viene), la ley de la causa y efecto (justifica las vidas sucesivas), y finalmente la ley de género o generación (todo tiene su positivo y su negativo, su masculino y su femenino). Desde mi punto de vista, dichas leyes o principios no se corresponden con ningún universo material ni espiritual ni energético… El universo, igual que cualquier otra posibilidad concreta, sólo puede ser mental, pues fuera de la mente perceptora y de sus pretendidas percepciones todo es nada. Nunca ha existido ningún universo que no fuera mental. Incluso la ciencia más conservadora ha desertado ya de las concepciones tradicionales de la materia. ¿Acaso es material lo que se cree, lo que se piensa, lo que se siente, es decir, aquello que configura nuestro supuesto mundo y nuestra supuesta existencia? ¿En qué consiste la materia y el universo material más allá de la definición que pueda creerse al respecto? Aquellos siete principios rigen en el universo de las apariencias, de las ideas, de las creencias, de los juicios, de los sueños, es decir, en la hipótesis elevada a la potencia de la hipótesis.

Nada hay ni ocurre fuera de la mente para la que parece haberlo y acontecer. Consistiendo todo el mismo y el único “no ser nada determinado”, quizás sería hora de comenzar a entender el absurdo que representa la creencia en que el origen de nada necesitara reencarnar. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Cómo? La teoría de la reencarnación no hace otra cosa que certificar su procedencia especulativa, es decir, su origen y su prevalencia absolutamente mentales. ¡Por muy excelso que fuese el camino de la evolución sucesiva, cuánto más sería el de no precisar seguirlo! Creer en un dios supone no creer ni confiar en sí mismo, es decir, equivale a tenerse a sí mismo por algo distinto y/o separado del dios en el que se dice creer. ¿Qué tipo de dios podría ser esa clase de dios? ¿Qué mundo y qué vida pueden crearse y vivirse a partir de dichas creencias, esto es, cuando no se asume toda la responsabilidad de nuestros sueños y/o creaciones? Sin comentarios. Concebido por sí mismo como una individualidad, cada ser humano queda transformado en una simple, concreta y fugaz posibilidad mental; algo así como un proyecto, un cuento, un juego. Una opción emergida entre un sinfín de probabilidades semejantes, originariamente surgidas todas ellas de una causa sin causa.

Nadie es lo que piensa que es, ni vive lo que piensa que vive, salvo dentro del universo mental que se origina con la posibilidad de manifestar esos juicios. El juicio lleva a la creencia y la creencia a la creación de lo creído, es decir, de lo juzgado. De ahí viene que juzgar a los demás y/o juzgar cualquier eventualidad, condena (al personaje que admita la veracidad del juicio) a vivir dentro de los límites de esos veredictos y bajo sus condiciones. Los seres humanos somos personajes mentales que funcionamos con programas mentales a lo largo de una existencia mental en un universo mental regido por principios mentales. ¿Qué puede haber de mal en aceptar eso cuando ello significa que más allá de dicha consideración, hipótesis y/o conjetura mental no hay absolutamente nada que deba buscarse ni alcanzarse, porque entonces tampoco existirá la fuente de ninguna carencia? ¿Que mal puede haber en la renuncia a la causa del miedo? No sólo se trata de comprender que después de la muerte no hay absolutamente nada; sobre todo habría que darse cuenta y aceptar que tampoco hay nada antes de la muerte. ¡A la mente humana le aterra la libertad y la plenitud; prefiere entretenerse inventándose un camino tan interminable… que nunca llevará a ninguna parte!

Jarubarca.

DE LA NADA Y/O DEL SILENCIO.


Un profesor propone a sus alumnos que se relajen, que cierren los ojos, y que cada uno comience a imaginarse una historia protagonizada por él mismo. Tras la sorpresa y el alboroto inicial, los pupilos obedecen. Poco después, del silencio y/o de la nada empiezan a fluir tantas aventuras como personajes hay en el aula.  Pues bien, ¿qué diferencia fundamental habrá entre la historia que cada estudiante esté imaginándose durante el ejercicio, y la historia de su vida cotidiana (la del alumno), a parte de que en un caso hay consciencia de la práctica y en el otro quizás no tanta?  ¿Acaso en la historia imaginada por cada alumno, el protagonista no manifestará las cualidades que aquel observe y admire en personajes de su historia particular, seguramente porque crea carecer de ellas? En el fondo todas las vidas acaban consistiendo en la historia de una búsqueda que, precisamente por tratarse de algo imaginario, nunca llega a completarse. Concebido como una individualidad diferenciada del resto de la existencia, el ser humano, y cada detalle de la vida que éste cree estar protagonizando, no dejan de ser la historia ficticia que él mismo está desarrollando; una historia que cada mente imagina y/o crea partiendo de “una supuesta proposición ajena” ¿…?, y también de unos juicios, unas creencias, unas aspiraciones, una herencia, etc., tan ilusorias como su protagonista y el pasado del que éste cree proceder. ¡Excepto la mentira, todo lo demás es mentira!

Hay un dicho muy sabio que dice que “la vida y/o el universo te devolverá aumentado aquello que tú le entregues primero”. Es por eso que, cuando no acertamos a comprender qué estamos dándole nosotros a la vida, entonces hay que observar qué estamos recibiendo nosotros de la vida, es decir, en qué circunstancias y/o condiciones estamos viviendo la historia que nosotros mismos estamos imaginándonos. ¡Observa qué estás recolectando y sabrás qué y cómo has estado sembrado! Luego, viene el fenómeno de aceptar, o de no aceptar, el resultado del test, de la cosecha, del día a día. De cualquier modo, a la vida, a la tierra, a la conciencia…, nuestra opinión continuará resultándole absolutamente indiferente; tanto que ni tan siquiera llegará a enterarse de nuestros enfados y sufrimientos. Si quieres cambios tienes que cambiar tú, es decir, tienen que cambiar tus actitudes, tus creencias, tus comportamientos, tus elecciones…, en resumen: tiene que cambiar la ignorancia y la inconsciencia que estés imaginándote a cerca de ti y de la vida; tiene que cambiar tu relación con la Conciencia de Ser. Es hora de cambiar de manera de pensar, porque cuando un ser humano piensa, el que verdaderamente está pensando es Dios, y lo que Dios piensa suele cumplirse sin más, suele materializarse sin más, esto es, sin los juicios, la moralidad, la ética y el resto de las patrañas añadidas por la mente humana.

Puesto que, salvo ilusoriamente, nada ocurre nunca por intervención de ningún poder ajeno; nosotros nos lo guisamos y nosotros tenemos que comérnoslo. En el universo mental todo es abundancia; pero abundancia de aquello mismo que cada personaje piensa, juzga, cree, siente, crea e imagina. Cada individuo, precisamente por lo que supone creerse y/o imaginarse que es un individuo, decide el guión de la historia que, inconscientemente, es decir, sin poder darse la menor cuenta de ello, vive inventándosela. Todo surge de aquello que no siendo, sin embargo viabiliza todas las formas posibles de apariencia de ser. El universo es mental, de ahí que los genes humanos no sean físicos, sino mentales. No se heredan los cuerpos, sino las apariencias impresas en las mentalidades, es decir, en las ideas, en los pensamientos, en las creencias, en las actitudes, en las personalidades, y, por lo tanto, también los rasgos físicos, las enfermedades, las culpabilidades, los miedos, las carencias y todo cuanto aquello lleva impreso, y la humanidad insiste en sembrar una y otra vez.

Jarubarca.

AUTOFLAGELACIÓN.


La realidad que se vive, y también de la manera que se vive, procede directamente del nivel de conciencia que cada protagonista tenga asumida con respecto a su fábula. La actitud ante la vida, las personas con las que sentimos afinidad y nos relacionamos, las emociones que suelen embriagarnos, el trabajo que desempeñamos, los políticos que están gobernándonos, los programas de televisión que vemos…, todo nace y es sustentado a partir del grado de conciencia manifestado a través de cada mente y/o de la creencia en uno mismo. Ante algo tan evidente y determinante, no hay otra alternativa que la de aceptar y/o asumir (con total humildad), que la responsabilidad de las circunstancias y de las condiciones imperantes durante cada instante de nuestra existencia es exclusiva de aquel individuo que “al no estar preparado para crear y/o materializar otras distintas” también estará obligándose a experimentarlas en sí mismo, esto es, en el personaje que, por lo mismo, vive creando y animando. Sin embargo, puesto que todo discurre en la ilusión o fantasía de estar creyéndose alguien particular viviendo una vida particular, fuera de ese ámbito, puramente especulativo, en verdad nunca hay culpas ni culpables, jueces ni juzgados, imperativos ni condiciones supremas e inabarcables. Simplemente todo queda a merced de abrirse a la conciencia de que cada uno es la única fuente creadora de aquello que experimenta, y, por lo tanto, también el único responsable y el único dueño de la clave para modificarlo.

No hay seres superiores que decidan por nosotros, no hay fuerzas divinas que controlen nuestros actos ni pensamientos, no hay justicias futuras ni celestiales que vayan a pasarnos cuentas ni a chantajearnos. Todas esas opciones son patrañas inventadas por mentes infantiles y asustadizas; sencillamente la naturaleza de cada experiencia personal ya es el fruto maduro de aquello que la originó. Culpabilizar a los demás y/o a la vida de cualquier detalle (por insignificante e intranscendente que parezca) equivale a perpetuar en uno mismo la causa que lo creó, y que supuestamente, de boca hacia afuera, quisiera cambiarse. ¿Es posible imaginar una manera más hipócrita de mortificación y de auto-castigo (aunque sea inconsciente) que la surgida de la creencia en la culpabilización? Por supuesto que no; pero entonces, ¿para qué continuamos educando con la culpa, a la vez que escondiéndonos tras la excusa de las culpas y las responsabilidades ajenas? Inconscientemente, es decir, sin percatarnos de ello, y a pesar del dolor que suele causarnos, los seres humanos recurrimos a la culpabilidad propia y ajena para provocarnos daño (una especie de autoflagelación masoquista) a nosotros mismos. ¿Acaso no habrá otras maneras menos crueles y ridículas con las que conseguir el despertar de la conciencia?

Los seres humanos “no tenemos lo que merecemos, sino lo que, mediante nuestras propias ideas, creencias, emociones, etc., continuamente estamos creándonos, ocasionándonos, produciéndonos a nosotros mismos…”, pues todo surge y depende de aquello que estemos considerándonos, esto es, todo emerge de la conciencia que, libremente, aceptemos asumir con respecto a la fantasía que supone creerse alguien particular viviendo una vida particular en un mundo particular de un universo particular. Una vez comprendida y aceptada la naturaleza absolutamente ilusoria de la existencia particularizada, nuestras vidas y nuestro mundo jamás podrían discurrir en la oscuridad que están evidenciando ahora. Por eso, si no son distintos es sencillamente porque nosotros mismos estamos impidiéndonoslo, estamos negándonoslo, estamos privándonoslo… Por estúpido, hipócrita y contradictorio que parezca, actualmente la mayor parte de los seres humanos vivimos poniéndole límites al universo de fantasía que, al estar considerándonos individualidades diferenciadas, también estamos generando cada uno de nosotros. La cuestión es, ¿por qué, para qué…? ¿Será debido a que, pese a todo, en el fondo siempre permanece latente la conciencia de la fabula constituida por la existencia humana?  ¡Ah…!

Jarubarca.

LA POSIBILIDAD HUMANA.


Precisamente por no consistir en algo determinado ni con voluntad propia (Ser Supremo, Dios, Energía Divina…) la Conciencia de Ser y/o de Existir no sólo viabiliza todas las posibilidades de ser y/o de existir imaginables e inimaginables; además también constituye la fuente creadora inagotable que faculta a algunas de dichas posibilidades para que, a su vez, simultáneamente, éstas también puedan generar/crear (aunque sólo transitoriamente) un número ingente de más posibilidades distintas. En efecto, sin olvidar nunca que todo este universo expansivo de contingencias parte de un origen absolutamente potencial e indeterminado (conciencia), todas las posibilidades manifestadas pasan a convertirse en fuente (causa) de muchas otras (efectos) y así hasta el infinito. Sucede que, cuando una de las infinitas opciones surgidas de la Conciencia de Ser y/o Conciencia de Existir, nace con la capacidad inherente de expandir y/o de manifestar dicha Conciencia de Ser (al tratarse de posibilidades distintas, no todas tienen por qué poseer las mismas cualidades), es decir, cuando una posibilidad emerge dotada de la facultad de Ser consciente de su existencia (seres inteligentes o racionales), dicha forma de existir, aunque siempre efímera, limitada, manipulable y condicionada, también  actuará como foco creador y/o manifestador de nuevas oportunidades, eventualidades, circunstancias, etc. ¿Acaso no es así como cada posibilidad de existir humana (cada individuo) origina y/o crea sus propias posibilidades descendientes y recrea el mundo que considera suyo?

Suele decirse que el ser humano comienza a ser tal cosa cuando en él entra el “espíritu o hálito divino”. Pues bien, no hay tal cosa; pero cámbiense esos conceptos artificiales, primitivos y corruptos, por la “capacidad de experimentar conciencia de ser y/o de existir”, inherente en cada posibilidad de existencia racional, y, a parte de poder liberarnos de la obscenidad, la mezquindad y la hipocresía de las religiones, también se desvanecerán las falaces ataduras de las supersticiones, las culpabilidades, los miedos, etc., que acompañan a la vieja y ridícula concepción del personaje humano. Por incomprensible (aunque también profundamente liberadora) que resulte la obligación de asumir que, al considerarnos a nosotros mismos individualidades diferenciadas, las personas quedamos atrapadas y convertidas en falaces formas de existencia convulsa, transitoria, degenerativa, extinta, intranscendente, fútil…, nunca podremos obviar del todo la potencialidad de facultades que, aportadas por aquel origen indeterminado, siempre han permanecido latentes.

¿En qué consisten los caudalosos ríos de los pensamientos humanos y las abruptas cataratas de las emociones humanas, sino en inmensas corrientes de posibilidades mentales sucediéndose unas a otras? ¿En qué consisten los deseos, los miedos, las dudas, los prejuicios, las preocupaciones, las frustraciones, las esperanzas y todo aquello que, actuando desde la mente inconsciente, viene ayudando a sustentar y perpetuar la creencia en la mentira de la viabilidad de poder existir como individualidades reales, inextinguibles y/o trascendentes? La existencia de la particularidad humana queda reducida a una posibilidad ilusoria y finita, surgida de otra semejante y, por lo mismo, expuesta a la necesidad imperiosa e ineludible de, mientras persista en dicha auto-valoración,  no poder romper la “cadena interminable de  elecciones y/o decisiones” que le confiera continuidad a esta. Pero, aunque la Conciencia de Ser permita y/o faculte para la creencia y la creación de nuevas posibilidades (incluidos los descendientes), también en este caso existe la excepción que confirma la regla: una posibilidad no puede suceder ni falsear al Origen Único de todas ellas.

Jarubarca.

LA FÁBULA DE LOS ANCESTROS.


La posibilidad del creyente sólo puede proceder de la Conciencia de Ser y/o de la Conciencia de Existir, esto es, de la fuente absoluta de todas las posibilidades, de todas las particularidades y de todas las apariencias. Creada la posibilidad del creyente, luego, al creer en sí mismo, el creyente también crea lo creído por éste. Pero, puesto que toda creación surge de la transitoriedad de las posibilidades facilitadas por la Conciencia de Ser, también todo lo creado (incluido el creyente) será siempre de naturaleza finita. Crear lo creído no significa que comience a existir algo que antes no existía; crear lo creído equivale a hacer que la posibilidad creída se materialice, hacer que la posibilidad creída se manifieste, hacer que la posibilidad creída adquiera la apariencia transitoria de algo real. Salvo ilusoria y transitoriamente nada hay ni ocurre nunca, que ello no consista siempre en Conciencia de Ser y/o que provenga siempre de la Conciencia de Ser. Aunque la esencia de todas y cada una de las infinitas posibilidades de creación, de expresión y/o de manifestación  (posibilitada a partir de la Conciencia de Ser), nunca dejará de ser única e ilimitada, sin embargo la naturaleza de  todas y cada una de dichas posibilidades siempre será delimitada, transitoria, finita, ilusoria. Las posibilidades de ser y/o de existir, surgidas de la Conciencia de Ser y/o de Existir, sólo son reales en la creencia de que son reales, pero nunca fuera de ese ámbito especulativo y/o mental.

La Conciencia de Ser y/o de Existir no obliga a ser algo, ni alguien, ni de ninguna manera, ni por ningún motivo; solo prevalece el imperativo de ser y/o a existir… sin más. La Conciencia de Ser y/o de Existir no conlleva la obligación de ser un yo, es decir, de creerse la posibilidad de ser un yo. A partir de la comprensión de que el yo personal únicamente constituye la manifestación transitoria de una posibilidad mental concreta, una forma particular y determinada de creencia, ¿qué impide asumir que, salvo mentalmente, nunca ha habido ningún yo personal real, y que, por lo tanto, tampoco nunca ha habido ningún antepasado de un yo personal real, ningún error de ningún antepasado de un yo personal real y ninguna culpa de ningún antepasado de un yo personal real? ¿Qué impide asumir que fuera del ámbito de las creaciones surgidas de las creencias facilitadas por la Conciencia de Ser, nunca ha habido nada perteneciente a ningún antepasado de un yo personal real, que forzosamente tuviera que ser heredado, reparado, limpiado, perdonado, cumplido, continuado, ni nada de nada? Puesto que los seres humanos sólo somos posibilidades mentales creadas por otras posibilidades mentales materializadas anteriormente, la herencia genética nunca será física, sino mental e inconscientemente colectiva. ¡La Conciencia de Ser es Conciencia de Ser, y sólo Conciencia de Ser!

De ahí que todos los creyentes, todas las creencias de los creyentes, todas las creaciones de los creyentes y todas las infinitas formas de manifestación posibilitadas por la Conciencia de Ser, básicamente consistan en una búsqueda mental de la verdad, un tránsito mental de regreso a casa, una persecución mental de la auto-trascendencia. ¿Quién podría encontrar aquello que hace posible la ilusión de la búsqueda, del buscador y de lo buscado? Vivir creyéndose alguien real lo imposibilita por completo. Basta con avanzar en la aceptación de la ilusión de cualquier identidad, para ir dándose cuenta también de que todo aquello siempre había sido absolutamente vano e innecesario: la zanahoria que hace andar al burro cargado con las mentiras propias y las esperanzas de los otros. Así como la chispa que salta estrepitosamente del fuego acaba apagándose definitivamente, pese a todas nuestras luchas e incertidumbres también las posibilidades y/o individualidades humanas manifestadas acabamos desapareciendo en la nada de la existencia.

Jarubarca.